martes, 24 de enero de 2017

Esferas plateadas: una crónica desde el humo

Desnúdate, le dije mirándola a los ojos, y aunque quiso parecer extrañada por la petición, desistió de fingir sorpresa; no era necesario. Se quitó la blusa despacio y antes de seguir con el resto de prendas también ordenó que me desnudara. Una prenda ella, una prenda yo, hasta que no hubo nada más por sacar.

Sentados sobre la cama, cada uno con las piernas cruzadas, como homenajeando a Budha, nos miramos. Con mis ojos recorrí su cuello, sus senos, el ombligo. El frío de la madrugada se delataba en nuestros vellos erizados y sus pezones firmes, que apuntaban al techo —premonición del destino de nuestro próximo vuelo—. Nos quedamos en silencio. Ella también me contempló.

El ambiente estaba lleno de paz. Percibí su olor a mujer honesta, aquella que no niega sus salinidades ni sus dulzores. Fue entonces cuando agarró mi mano y la puso en su pierna. Sonreímos. Su boca se retorció con malicia, seductora, de cazadora... Me gustó lo que vi. Amé el pliegue que se le hizo en la mejilla. Me perdí en esos ojos hundidos en su cara que destellaban una luz rojiza donde debían estar blancos. Me gustó tanto que era menester romper el silencio, pero no con mis palabras, sino con otras más precisas.

Agarré el libro del nochero. Me acomodé y ella usó mi pubis como almohada. Abrí el libro donde estaba el separador para encontrar el poema que se parecía a ella. Trataba de una mujer sombra que se fundía con la noche y eran una sola penumbra en la habitación del poeta. Ella escuchó atenta. Le pregunté qué tal le parecía. No respondió.

Se levantó, prendió otro cigarrillo y fue a buscar su mochila. Llegó a la habitación con un cuaderno negro, se sentó a mi lado y hojeó hasta encontrar un poema. Me lo leyó con voz ronca. Hacía pausas para darle un plon al indio y seguía. Su escrito trataba de una mujer mar. Era un texto largo y profundo. Un poema ondeante que inundó mi mente y la puso a flotar sobre su superficie, la del poema; me volvió agua. Luego de ese, me leyó otro poema y después un tercero. Terminamos el vino que quedaba en la botella; abrimos una más.

Luego fue mi turno de leer. Le presenté un poema sobre lo único de lo que realmente hablan los poemas... sobre la existencia, sobre la incertidumbre y de cómo nos mentimos y cómo nos refugiamos en la belleza. Lo leí para perdernos en la melodía de las palabras, hasta que perdieran todo sentido y se convirtieran en el goce del sonido y de la repetición, hasta que el aire resonando en mi boca le hablara directamente a su alma y aquella escuchara lo que quisiera oír. Y cuando terminé de leerlo, no me detuve y leí otro como si fuera una continuación del anterior, y lo mismo hice con el siguiente y el otro y el otro. Leí rápido en voz alta, hasta que me quedé sin aire y respiré el humo de hierba que salía de su boca y miré al techo y me fui, me fui, me fui lejos, pero no hacia afuera sino hacia adentro. Me encontré con mi centro, con mi oscuridad llena de esferas plateadas que palpitaban y me inundaban. Y sentía mis brazos livianos y mi mente, ah, mi puta mente se puso triste sin razón alguna, porque así funciona ella, y lloré por lo que fue y lloré por lo que no quise que fuera así. Y muchas personas pasaron por mi cabeza. Recordé a algunas con frustración y a otras con fastidio. Y también recordé a mis amigos que ya no están, y me acordé de cuando leíamos poesía en el techo del edificio viejo de la facultad, todos pretenciosos, todos niños. Pero no solo recordé, también imaginé los lugares donde no he estado y en los que nunca estaré.

Ella se recostó en mi pecho y leyó otra página de su cuaderno. Esta vez no supe de qué trataba, pero yo lloraba, y también reía como el pelotudo que soy.

Yo la escuchaba.

Mi mente flotaba y llenaba el espacio.

Todo se puso como azuloso, pero no como el azul del cielo del mediodía, sino como el de la mañanita, que aún tiene rastros de oscuridad.

Yo era una barca perdida en el mar, y ella me navegaba sin un rumbo. Simplemente remaba hacia el horizonte con cada palabra que decía.

Yo sentía su piel sobre la mía, pero amaba más escuchar sus poemas, porque eran una parte de ella que superaba su corporeidad. Una parte que entraba en mí y se fundía de verdad con mi oscuridad, y la entendía, y la hacía más oscura, más mía.

Esa madrugada no follamos, porque usted sabe que esto que le cuento ya no se trata de de sexo, porque la carne siente, pero solo hasta un punto, tiene su límite y se agota, se fatiga; en cambio el alma, o el espíritu o como se llame esa energía que nos invade y a la vez es lo que somos, no conoce de medidas y se desborda y se extiende. Y sabe qué, ella sabía lo que me estaba haciendo sentir, porque leía con toda la intención de llevarme hasta arriba, o hasta adentro o hasta donde fuera. Y yo la dejé hacerme suyo con sus poemas. Me rendí ante ella, que me hablaba de estrellas, de corales y de ríos.

Parce, esa madrugada, me perdí.

Solo dormimos un par de horas antes de levantarnos. El día llegó sin avisar y aún no me encuentro.

Nelson Zorro.


martes, 29 de marzo de 2016

BATMAN V SUPERMAN: DAWN OF JUSTICE: LOS RIESGOS DEL CAMINO FÁCIL (SPOILER ALERT)


Por: Nelson Zorro

Película:
Batman v Superman: Dawn of Justice
Duración:
2h 31m
Título en Colombia:
Batman vs. Superman: El origen de la justicia
Año
2016
Director:
Zack Snyder
Producida por:
Warner Bros.
Género:
Acción, aventura, fantasía, ciencia ficción.



Si bien Batman v Superman: Dawn of Justice (2016) [BvS] es una película entretenida, deja un sinsabor, dado que no logra posicionarse como una propuesta digna de ser recordada en la posteridad. Teniendo tantos elementos a favor, como una enorme expectativa por parte de la audiencia y el ser una idea bastante atractiva, el director prefiere no arriesgarse, y al tomar un sendero seguro hace que la película se vuelva genérica. Tampoco aporta mucho al género de superhéroes, el cual poco a poco ha ido consolidando como un espacio de experimentación y de propuestas refrescantes.

La historia comienza con la destructiva batalla de Superman contra el general Zod[1] en Gotham, donde Bruce Wayne ayuda a las víctimas de los destrozos. Los ciudadanos norteamericanos están preocupados por los daños colaterales de los enfrentamientos de Superman. Los intelectuales cuestionan la presencia en la Tierra del héroe kryptoniano. En general hay una sensación de incomodidad y de vulnerabilidad frente a un ser con poderes divinos. Lex Luthor se aprovecha de la situación y pone una trampa a Superman con el propósito de hacer caer su reputación. Para esto, lleva engañada a Lois Lane al desierto, la pone en peligro y hace que Superman la rescate; al mismo tiempo, hace que sus hombres perpetren una masacre y lo incriminen.

Luthor intenta convencer al congreso de que le permitan experimentar con la kryptonita hallada en océano Índico y crear un arma para defender a la población de un eventual ataque de Superman. No obstante, la senadora Finch se opone al proyecto, ganándose el odio de Luthor.

Por su parte, el multimillonario Bruce Wayne, quien lleva más de veinte años ejerciendo como Batman, también siente que Superman es una amenaza y está decidido a detenerlo. A su vez, intrigado por los planes de LexCorp, intenta hackear información, pero el dispositivo que usa para lograrlo es infiltrado por Diana Prince, quien, luego de desencriptar los datos para su beneficio, le devuelve el aparato a Wayne. Él descubre el proyecto secreto de metahumanos llevado a cabo por la compañía, entre los que se encuentran Flash, Aquaman, Cyborg y la misma Prince, una guerrera conocida como Wonder Woman. Más adelante, Wayne intenta frustrar la llegada del cargamento de kryptonita dirigido a LexCorp, pero Superman interviene primero y le advierte, después de golpearlo, que deje su actuar como Batman. Esto hace que el odio de Wayne a Superman se incremente.

Cuando la senadora Finch cita a Superman a declarar en el congreso, el héroe aparece. Sin embargo no alcanza a dar su versión, pues un atentado planeado por Luthor acaba con la vida de todos en la audiencia. La gente le reclama a Superman por no haber hecho nada para evitar la tragedia. Ese mismo día, Batman roba la kryptonita de LexCorp, con la cual desarrolla gas y un arpón.

Sin la presión de la senadora Finch, Luthor experimenta con su sangre y el ADN del cadáver de Zod. Después secuestra a la madre terrícola de Clark Kent y la utiliza para chantajearlo. Antes de una hora debe matar a Batman o Marta Kent morirá. Superman, dispuesto a negociar con Batman, trata de hacerse escuchar, pero no lo logra y recibe un ataque con kryptonita, la cual le hace perder momentáneamente sus poderes. Batman aprovecha y lo golpea brutalmente hasta que Loise llega y logra disuadirlo. Superman le explica los planes de Luthor y se alían. Mientras Batman rescata a Marta, Superman ataca a Lex en el laboratorio, pero el plan no resulta fácil, dado que no cuentan con el monstruo que Lex ha creado, un engendro de ADN kryptoniano que se hace más fuerte cuando lo atacan. A la batalla contra Doomsday se une Wonder Woman. Solo logran vencer al monstruo con el arpón de kryptonita empuñado por Superman, quien también sucumbe. El ejército lo da por muerto y entierra un féretro vacío con honores militares. Luthor es capturado. Wayne y Prince deciden buscar a los otros metahumanos. Marta y Loise entierran el cuerpo de Clark. Al final, la tierra sobre el féretro se eleva por un segundo.

BvS es una película que al 29 de marzo de 2016, es decir, a pocos días de su estreno ha generado percepciones polarizadas. Por un lado, está el grueso de la audiencia que muestra una aceptación de 72%, mientras que la crítica solo le da favorabilidad de 28% (Flixster, Inc., 2016), cifras que se irán modificando con el pasar de los días, pero que muestran una marcada tendencia.

La aceptación general del público se puede explicar gracias a que es una película de acción con buen ritmo que pone en escena a la trinidad de superhéroes de DC Comics: Superman, Batman y Wonder Woman, lo cual de por sí es un hito. Es la primera vez que hay una representación en la pantalla grande de Wonder Woman (Sandoval, 2016), es la primera vez que los dos héroes más icónicos se enfrentan en cine, y es la primera aparición de Batman luego de la trilogía de Christopher Nolan. Las expectativas estaban muy altas y se puede decir que la gente recibió lo esperado: imponentes escenas de destrucción, un monstruo muy poderoso, héroes y heroína físicamente atractivos, efectos especiales decorosos, música dramática que le va indicando a la audiencia qué sentir, y un giro dramático al final que funciona como un gancho para la saga por venir en los próximos años. Es una película para pasar un buen rato.

Sin embargo, hay aspectos que no la dejan funcionar del todo. En primer lugar, la actuación de Jesse Eisenberg es uno de los desaciertos. Su representación de Lex Luthor carece de la profundidad emocional y psicológica que el personaje aparenta tener. La perturbación mental, el comportamiento nervioso y los motivos de vileza no son convincentes; hacen que el personaje se vuelva una caricatura sin un mundo interior interesante. El crítico de cine Christopher Orr dice que “…his twerpy take on Lex Luthor is almost unwatchable: Petulant, melodramatic, hyperactive, and entitled…” (2016). Por su parte, Joe Morgenstern, del Wall Street Journal, concluye que “[his] dementia is more embarrassing than funny” (2016).

Algo similar sucede con Amy Adams como Lois Lane. Su personificación sin matices es aburrida. Asimismo, Henry Cavill muestra a un Superman que sufre mucho y se la pasa llorando. Su afectación no genera empatía en el espectador, de modo que luce débil y no tan súper. Este problema es una herencia directa de Man of Steel (2013), en donde el mismo director Snyder trata de humanizar, ya demasiado, al héroe, dando como resultado un Superman que no logra consolidarse como el gran personaje que está en la conciencia colectiva. A propósito de esto, Morgenstern (2016) afirma: “The Clark Kent/Superman role is reprised by Henry Cavill, who is just as inexpressive as he was almost three years ago in the superviolent, ultraturgid Man of Steel”.

La actuación de Ben Affleck, aunque rescatable, no logra quitarse de encima la sombra que ejerce sobre el personaje la magistral representación de Batman lograda en The Dark Knight (2008). El crítico James Berardinelli advierte, no obstante, que el personaje pudo desarrollarse mejor: “None of the familiar and, in some cases, iconic individuals in Batman v Superman come to life. They’re avatars” (2016).

Doomsday es otro punto negativo en la película. La figura del monstruo gigante ya no impresiona por dos razones. La primera es el CGI (computer generated images): se le notan las “costuras”. A estas alturas del 2016, todavía no aprenden a hacer monstruos creíbles. ¿Hasta cuándo se verán adefesios como Doomsday o el Supremo Líder Sknoke de Star Wars: Episode VII - The Force Awakens (2015)? La otra razón es que Doomsday es tan exagerado que trata de emular dos grandes monstruos del cine. Cuando se encarama al edificio, hay un claro guiño a King Kong (1933), y cuando lanza un rayo de su cuerpo recuerda al alien de The Day the Earth Stood Still (1951). Pero no llega a ser efectivo. Es hora de cambiar los estereotipos de los monstruos y buscar maneras más eficaces de sorprender a la audiencia del S. XXI. El mundo cambia y el cine es un indicador de aquello. Hay que leer las nuevas señales de los tiempos.

También hizo falta más desarrollo del personaje de Diana Prince, más pistas, más interacción con los héroes. Esta carencia la convierte en un deus ex machina que viene a salvar el día porque sí. Berardinelli (2016), a propósito de esto afirma: “Her introduction and incorporation are awkward and artificial and she serves no real purpose beyond helping to jump start Justice League. She has no story, no character, and minimal background. She’s just there.”

Ahora bien, uno de los grandes problemas de la película es que cinematográficamente no se arriesga a nada, no propone, no se atreve a retar al espectador. Comenzando, el tono es bastante oscuro, tanto visual, como anímicamente. Para Berardinelli (2016) “[BvS] is so bleak that the sun never seems to shine, the characters’ faces can’t form smiles, and the whole affair is more depressing than fun”. Para Morgensten (2016) “After a while everything looks the same, thanks in large part to the ugly blue-and-teal palette the filmmaker favors…”. Del mismo modo Orr (2016) afirma “Almost the entire film seems to be set at night, as if it were taking place in Mordor, or perhaps Anchorage in December”.

Se debe entender que tal vez hace unos diez años la recepción de la crítica habría sido mucho más favorable que hoy, pero en la actualidad vivimos en un mundo en el que ya existen películas como Deadpool (2016), Ant-man (2015), Thor (2011), e incluso Big Hero 6 (2014), las cuales han experimentado y han extendido los límites narrativos del género de superhéroes; juegan con el espectador, lo hacen reír, le muestran universos ficcionales visualmente atractivos, le contravienen la noción de héroe. Y aun así, en BvS se juegan la carta de comenzar la película mostrando la escena trillada de la muerte de los padres de Bruce Wayne, representada una y otra vez en el cine.

En cuanto a Superman, “[BvS] ends almost exactly as its predecessor did, with another dull, city-smashing duel between super-beings.” (Orr, 2016). La destrucción de ciudades en las luchas de superhéroes ya es tediosa, como si en  The Avengers (2012) y en Avengers: Age of Ultron (2015), y en muchas otras tantas, no hubiesen agotado ya ese recurso.

Lo peor sucede justo cuando tienen la oportunidad de hacer historia y conmocionar al mundo al permitir que el héroe muera (así lo resuciten en la secuela). Un final así haría que la película tuviese un gran impacto que incluso superaría el final de The Dark Knight Rises (2012), en donde muestran el sacrificio de Batman, convencen al espectador de que está muerto, pero en una última escena se ve a Wayne en una plaza italiana. En BvS, por medio un truco barato, como la tierra levantándose sobre el ataúd, repiten el mismo truco de la supervivencia del héroe, pero de una forma predecible y por ende decepcionante.

En conclusión, BvS perdió la oportunidad de ser la gran película que todos esperaban por el miedo a ir más allá de lo que ya han ido muchos filmes contemporáneos. Carece de reflexiones desarrolladas, de subtextos y de algo genuino para decir. Se queda en un lugar común y seguro, que no aporta nada al género por seguir el camino fácil.

REFERENCIAS

Abrahams, J., Burk, B., Kennedy, K., (productores) & Abrahams, J (director). (2015). Star Wars: Episode VII - The Force Awakens [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Lucasfilm.
Berardinelli, J. (2016, 23 de marzo). Batman v. Superman: Dawn of Justice, A movie review by James Berardinelli. ReelViews. Recuperado 29/03/16 de: http://www.reelviews.net/reelviews/batman-v-superman-dawn-of-justice
Blaustein, J. (productor) & Wise, R. (director). (1951). The Day the Earth Stood Still [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Twentieth Century Fox Film Corporation.
Conli, R., (productor) & Hall, D., Williams, C., (directores). (2014). Big Hero 6 [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Walt Disney Animation Studios.
Cooper, M., Schoedsack, E. (productores y directores). (1933). King Kong [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: RKO Radio Pictures.
Feige., K., (productor) & Branagh, K. (director). (2011). Thor [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Paramount Pictures.
Feige., K., (productor) & Reed, P., (director). (2015). Ant-Man [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Marvel Enterprises.
Feige., K., (productor) & Whedon, J. (director). (2012). The Avengers [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Marvel Studios.
Feige., K., (productor) & Whedon, J. (director). (2015). Avengers: Age of Ultron [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Marvel Studios.
Flixster, Inc. (2016). Rotten Tomatoes. Recuperado 29/03/2016 de: http://www.rottentomatoes.com/m/batman_v_superman_dawn_of_justice/
Kinberg, S., Reynolds, R., Shuler, L., (productores) & Miller, T. (director). (2016). Deadpool [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Twentieth Century Fox Film Corporation.
Morgenstern, J. (2016, 23 de marzo). ‘Batman v Superman’ Review: A Dark Force on Entertainment. The Wall Street Journal. Recuperado 29/03/16 de: http://www.wsj.com/articles/batman-v-superman-review-a-dark-force-on-entertainment-1458773142
Nolan, C., Roven, C., Snayder, Z., Thomas, E. (productores) & Snayder, Z. (director). (2013). Man of Steel. [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Warner Bros.
Nolan, C., Roven, C., Thomas, E. (productores) & Nolan, C., (director). (2008) The Dark Knight. [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Warner Bros.
Nolan, C., Roven, C., Thomas, E. (productores) & Nolan, C., (director). (2012) The Dark Knight Rises. [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Warner Bros.
Orr, C. (2016, 24 de marzo). Batman v Superman: Dawn of Rubbish. The Atlantic. Recuperado 29/03/16 de: http://www.theatlantic.com/entertainment/archive/2016/03/batman-v-superman-dawn-of-justice-review/475347/
Roven, C., Snyder, D. (productores) & Snayder, Z. (director). (2016). Batman V        Superman: Dawn of Justice [Cinta cinematográfica]. E.E.U.U.: Warner Bros.
Sandoval, C. (2016, 23 de marzo). 'Batman vs. Supermán': hombre contra dios. El Tiempo. Recuperado 29/03/16 de: http://www.eltiempo.com/entretenimiento/cine-y-tv/estreno-de-batman-vs-superman/16546867







[1] En la película recrean la parte final de Man of Steel (2013) para darle continuidad a la historia.

lunes, 25 de mayo de 2015

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR (1981) de RAYMOND CARVER

(Aclaración inicial: Aunque el texto es sacado de esta página web [https://teecuento.wordpress.com/2009/08/18/de-que-hablamos-cuando-hablamos-de-amor-r-carver/], está actualizado en acentuación y modificado al español de Colombia por Nelson Zorro. También se hicieron correcciones a la traducción y en el uso de los signos ortográficos. En pocas palabras, la traducción era una completa porquería y yo la arreglé. Que disfruten esta joya)

Estaba hablando mi amigo Mel McGinnis. Mel McGinnis es cardiólogo, y eso le da a veces derecho  de hacerlo. Estábamos los cuatro sentados a la mesa de la cocina de su casa, bebiendo ginebra. El sol, que entraba por el ventanal de detrás del fregadero, inundaba la cocina. Estábamos Mel y yo y su segunda mujer, Teresa —la llamábamos Terri— y Laura, mi mujer. Entonces vivíamos en Alburquerque. Pero todos éramos de otra parte.
            Había un cubo con hielo encima de la mesa. La ginebra y la tónica circulaban sin parar, y surgió no sé cómo el tema del amor. Mel opinaba que el verdadero amor no era otra cosa que el amor espiritual. Dijo que se había pasado cinco años en un seminario antes de salirse para estudiar medicina. Dijo que aún recordaba aquellos años del seminario como los más importantes de su vida.
            Terri dijo que el hombre con quien vivía antes de vivir con Mel la quería tanto que había intentado matarla. Luego continuó:
            —Una noche me dio una paliza. Me arrastró por toda la sala tirando de mis tobillos. Y me decía una y otra vez: “Te quiero, te quiero, zorra”. Y mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas. —Terri nos miró—. ¿Qué se puede hacer con un amor así?
            Era una mujer de huesos finos y cara bonita, ojos oscuros y una melena castaña que le caía por la espalda.
            Le gustaban los collares de turquesas y los pendientes largos.
            —Dios mío, no seas boba. Eso no es amor, y tú lo sabes —dijo Mel—. No sé cómo podríamos llamarlo, pero estoy seguro de que no debemos llamarlo amor.
            —Tú dirás lo que quieras, pero sé que era amor —protestó Terri—. Puede sonarte a disparate, pero es verdad. La gente es diferente, Mel. Algunas veces actuaba como un loco, es cierto. Lo admito. Pero me amaba. A su modo, quizá pero me amaba. En todo aquello había amor, Mel. No digas que no.
            Mel suspiró. Levantó el vaso y se volvió a Laura y a mí.
            —Me amenazó con matarme —dijo. Apuró el vaso y alargó la mano hacia la botella de ginebra—. Terri es una romántica. Terri es de la escuela de dame-una-patada-y-así-sabré-que-me-amas. Terri, cariño, no pongas esa cara.
            Mel alargó la mano por encima de la mesa y tocó la mejilla de Terri con los dedos. Y le sonrió.
            —Ahora quiere arreglarlo —dijo Terri.
            —¿Arreglar qué? —saltó Mel—. ¿Qué es lo que tengo que arreglar? Yo sé lo que sé. Eso es todo.
            —De todas formas, ¿cómo nos hemos puesto a hablar de esto? —Terri llevantó el vaso, bebió y añadió— Mel siempre tiene metido el amor en la cabeza. ¿No es verdad cariño?—sonrió. Pensé que el tema iba a quedar zanjado.
            —Yo no llamaría amor al comportamiento de Ed. Eso es lo único que he dicho, cariño—puntualizó Mel—. ¿Y qué opinan ustedes? —Mel se dirigía a Laura y a mí—. ¿Les parece que eso es amor?
            —No soy la persona más apropiada para responder —respondí yo—. Ni siquiera conocí a ese Ed. Solo lo he oído mencionar de pasada. No me atrevo a juzgarlo. Tendría que conocer los detalles. Pero creo que lo que estás diciendo es que el amor es un absoluto.
            Mel aclaró:
            —Lo es el tipo de amor al que me refiero. El tipo de amor al que me refiero no te lleva a intentar matar gente.
 Laura intervino:
            —Yo no sé nada de Ed ni de la situación. Pero ¿quién puede juzgar la situación de otro?
            Toqué el dorso de la mano de Laura. Me envió una rápida sonrisa. Le cogí la mano. Estaba cálida: las uñas pulidas: una perfecta manicura. Rodeé su ancha muñeca con los dedos, y la abracé.
                —Cuando me fui, se tomó un matarratas —explicó Terri. Se apretó los brazos con las manos—. Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Vivíamos allí entonces, a unas diez millas. Le salvaron la vida pero se le enloquecieron las encías. Quiero decir que era como si se le separaran de los dientes. Desde entonces, los dientes le sobresalían, como colmillos. Dios mío —suspiró Terri. Aguardó unos instantes; luego se soltó los brazos y cogió el vaso.
            —¡Qué cosas llega a hacer la gente! —exclamó Laura.
            —Ahora está fuera de juego —dijo Mel—. Murió.
            Mel me pasó el plato de limas. Cogí un trozo. Lo exprimí en mi vaso y removí los cubitos con los dedos.
            —Es más grave que eso —dijo Terri—. Se pegó un tiro en la boca. Pero tampoco le salió bien. Pobre Ed —Sacudió la cabeza.
            —Ni pobre Ed ni nada —dijo Mel. —Era peligroso.
            Mel tenía cuarenta y cinco años. Era alto y ágil y tenía el pelo rizado y suave. Cara y brazos bronceados por el tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, sus movimientos, eran precisos, en extremo cuidadosos.
            —Pero me amaba, Mel. Concédeme eso —insistió Terri—. Es lo único que te pido. No me amaba de la forma que tú me amas. No estoy diciendo eso. Pero me amaba. Podrás concederme eso, ¿no?
            —¿Qué quieres decir con que no le salió bien? —pregunté.
            Laura se inclinó hacia delante con el vaso. Apoyó los codos sobre la mesa y sostuvo el vaso con ambas manos. Miró a Mel y luego a Terri, y aguardó con expresión de perplejidad en su cara franca, como si se asombrara de que tales cosas les pudieran suceder a los amigos.
            —¿Cómo dices que le salió mal si se mató? —inquirí.
            —Te lo contaré yo —dijo Mel—. Cogió su pistola del veintidós, la que se había comprado para amenazarnos a Terri y a mí. Hablo en serio, ese hombre siempre estaba amenazándonos. Deberías haber visto el tipo de vida que llevábamos entonces. Éramos como fugitivos. Hasta yo me compré una pistola. ¿Pueden creerlo? ¡Un tipo como yo! Pero lo hice. Me la compré para defenderme, y la llevaba en la guantera. A veces tenía que salir del apartamento en mitad de la noche. Para ir al hospital, ya saben. Terri y yo no nos habíamos casado todavía, y mi primera mujer se había quedado con la casa y los chicos, con el perro, con todo. Y Terri y yo vivíamos en este apartamento. A veces, como digo, me llamaban en mitad de la noche y tenía que ir al hospital a las dos o las tres de la madrugada. El parqueadero estaba completamente oscuro, y antes de llegar al carro me ponía a sudar. Nunca sabía si iba a salir de unos arbustos o de detrás de un carro y empezar a dispararme. Quiero decir que ese hombre estaba loco. Era capaz de ponerte una bomba, de cualquier cosa. Llamaba al servicio médico a todas horas, y decía que necesitaba hablar con el doctor, y cuando me ponía al aparato me decía: “Hijo de perra, tus días están contados”. Y nimiedades por el estilo. Era algo que daba miedo. Créanme.
            —A mí me sigue dando lástima —confesó Terri.
            —Parece una pesadilla —dijo Laura—¿Pero qué sucedió exactamente después de que se pegara el tiro?
            Laura es secretaria jurídica. Nos habíamos conocido en el campo profesional. Y antes que nos diéramos cuenta éramos novios. Tiene treinta y cinco años, tres menos que yo. Además de estar enamorados nos gustamos y disfrutamos de nuestra mutua compañía. Es una mujer con la que es fácil llevarse bien.
                —¿Qué sucedió? —insistió Laura.
            Mel explicó:
            —Se pegó un tiro en la boca, en su cuarto. Alguien oyó el disparo y avisó al gerente. Entraron con una llave maestra y vieron lo que pasaba y llamaron una ambulancia. Coincidió que yo estaba allí cuando lo llevaron, pero su estado era irreversible. Vivió tres días. La cabeza se le hinchó, se le puso de tamaño doble al de una cabeza normal. Nunca había visto nada semejante, y espero no volver a verlo. Terri, al enterarse, quiso ir al hospital para estar con él. Reñimos por culpa de eso. Yo opinaba que no debía verlo en aquel estado. Pensaba que no debía verlo, y sigo pensando lo mismo.
            —¿Quién se salió con la suya? —dijo Laura.
            —Yo estaba con él en su habitación cuando murió —precisó Terri—. No recuperó el conocimiento en ningún momento. Pero me quedé con él. No tenía a nadie más.
            —Era peligroso —dijo Mel—. Si quieres llamarlo amor, allá tú.
            —Era amor —repitió Terri—. Ya sé que era un amor anormal para la mayoría de la gente. Pero estaba dispuesto a morir por su amor. Murió por él.
            —Pues para mí eso no era amor, puedes estar segura —dijo Mel—. Lo que quiero decir es que nadie sabe por qué lo hizo. He visto muchos suicidas, y en mi opinión nadie ha sabido nunca por qué lo hicieron.
            Mel se puso las manos en la nuca e inclinó la silla hacia atrás.
            —No me interesa ese tipo de amor —declaró—. Si para ti eso es amor, allá tú.
            Terri explicó:
            —Estábamos asustados. Mel incluso hizo testamento, y escribió a su hermano, que había sido Boina Verde y vivía en California, diciéndole a quién debía buscar si algo le sucedía.
            Terri bebió de su vaso. Prosiguió:
            —Pero Mel tiene razón: vivíamos como fugitivos. Teníamos miedo. Mel tenía miedo, ¿verdad, cariño? Yo, llegado cierto momento, hasta llamé a la policía, pero no sirvió de nada. Me aseguraron que no podían actuar mientras Ed no hiciera algo concreto. ¿No tiene gracia? —dijo Terri.
            Se sirvió lo que quedaba de ginebra y agitó la botella. Mel se levantó y fue al aparador. Sacó otra botella.
            —Bien, Nick y yo sabemos lo que es amor —dijo Laura—. Para nosotros, por lo menos. —Laura me dio un golpecito en la rodilla con la suya—. Se supone que ahora debes decir algo —insinuó, y se volvió hacia mí sonriendo.
            A modo de respuesta, cogí la mano de Laura y me la llevé a los labios. La besé con gran fruición y vehemencia. Todos mostraron su regocijo.
            —Somos afortunados —declaré.
            —Eh, muchachos —exclamó Terri—. Párenla. Me están dando nauseas. Aún siguen en la luna de miel, santo Dios. Aún están lejos, ¿será posible? Pero ya verán. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Cuánto tiempo hace? ¿Un año? ¿Más de un año?
            —Un año y medio —contestó Laura, ruborizada y sonriente.
            —Ah, vea pues —dijo Terri—. Pues esperen un poco. Levantó el vaso y miró a Laura.
            —Solo estoy bromeando —puntualizó Terri.
            Mel abrió la botella y nos sirvió ginebra
            —Vamos, muchachos —intervino—. Brindemos. Quiero proponer un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor verdadero.
            Hicimos chocar los vasos.
            —Por el amor —coreamos.
            Afuera, en el patio, empezó a ladrar uno de los perros. Las hojas del álamo temblón que pendían al otro lado de la ventana golpeaban tenuemente el cristal. El sol de la tarde era como una presencia en la cocina: la ancha luz de la calma y la generosidad. Podríamos haber estado en cualquier otro lugar, en algún lugar encantado. Volvimos a alzar los vasos y nos sonreímos unos  a otros como niños que han pactado algo prohibido.
            —Voy a explicarles lo que es el amor verdadero —dijo Mel—. Voy a ponerles un buen ejemplo. Luego podrán sacar sus propias conclusiones. —Se sirvió ginebra. Añadió un cubito de hielo y una rodajita de lima. Esperamos, bebimos a pequeños sorbos. Laura y yo volvimos a juntar nuestras rodillas. Le puse la mano en el cálido muslo y la dejé allí encima.
            —¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor? —dijo Mel— Creo que en el amor no somos más que principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, también ustedes se aman. Ya saben a qué tipo de amor me refiero ahora. Al amor físico, ese impulso que te arrastra hacia alguien concreto, y al amor que inspira el ser de otra persona. La esencia de esa persona, podríamos decir. El amor carnal y, bueno, digamos el amor sentimental, ese cuidado cotidiano a la otra persona. Pero a veces me resulta difícil explicarme el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que supongo que soy como Terri a ese respecto. Como Terri y Ed. —Se quedó pensando en ello y luego continuó— Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi exmujer más que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué ha sido de aquel amor? ¿Qué ha sido de él? Eso es lo que quisiera yo saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Ahí tenemos a Ed. De acuerdo, otra vez a Ed. Ama tanto a Terri que trata de matarla, y acaba matándose a sí mismo.
—Calló y bebió un trago de ginebra—. Ustedes llevan juntos dieciocho meses, y se aman. Se les nota en todo. Rebosan amor. Pero los dos han amado a otra gente antes de encontrarse. Los dos han estado casados antes, igual que nosotros. Y probablemente habrán amado a otras personas antes de su primer matrimonio. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible, aunque también lo bueno, la gracia salvadora, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, perdónenme que lo diga, si algo nos pasara a alguno de nosotros, mañana, creo que el otro, la otra persona, lo pasaría mal una temporada, ¿entienden?, y volvería a amar, tendría a alguien muy pronto. Y todo esto, todo el amor del que hablamos no sería sino un recuerdo. Y puede que ni siquiera un recuerdo.  ¿Me equivoco? ¿Estoy desvariando? Porque quiero que me corrijan si no estoy en lo cierto. Quiero saber. Porque no sé nada, ¿entienden? Y soy el primero en admitirlo.
            —Mel, por amor de Dios —intervino Terri. Se inclinó hacia él y le tomó de la muñeca—. ¿Estás prendido, cariño? ¿Estás borracho?
            —Cariño, solo estoy hablando —protestó Mel—. ¿Vale? No necesito estar borracho para decir lo que pienso. Estamos hablando, ¿no es eso? —dijo, y fijó la mirada en ella.
            —No te estoy criticando —aseguró Terri.
            Terri cogió su vaso.
            —Hoy no estoy de guardia —puntualizó Mel—. Permíteme que te lo recuerde. No estoy de guardia.
            —Mel, te queremos —dijo Laura.
            Mel miró a Laura. La miró como si no lograra situarla, como si no fuera la mujer que era.
            —Yo también te quiero, Laura —dijo Mel—. Y a ti, Nick. También te quiero a ti. ¿Saben algo? —se interrumpió—. Ustedes son nuestros parceros —afirmó y cogió el vaso. 
—Iba a contarles algo —empezó Mel—. Bueno, iba a demostrar algo. Verán: sucedió hace unos meses, pero sigue sucediendo en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor.
            —Vamos, Mel —le regañó Terri—. No hables como si estuvieras borracho si no lo estás.
            —Cállate por una vez en la vida —le pidió Mel con suma calma—. ¿Me harás ese favor, solo durante un minuto? Como iba diciendo, hay una vieja pareja que tuvo un accidente en la autopista interestatal. Un jovencito chocó con ellos y los dejó vueltos mierda. Nadie les daba muchas probabilidades de salir con vida.
            Terri nos miró y luego miró a Mel. Parecía ansiosa, aunque quizá esta sea una palabra demasiado fuerte.
            Mel nos pasaba la botella.
            —Yo estaba de guardia aquella noche —explicó— era mayo, o quizá junio. Terri y yo acabábamos de sentarnos a la mesa cuando llamaron del hospital. Era por lo de ese accidente de una interestatal. Un jovencito borracho, un adolescente, había estrellado la camioneta de su papá contra la caravana de los viejos. Tenían unos setenta y tantos años, los viejos. El chico dieciocho o diecinueve o algo así, murió al llegar al hospital. Se había hundido el volante en el esternón. La pareja de ancianos seguía con vida, ya ven. Bueno, malamente. Tenían de todo. Fracturas múltiples, heridas internas, hemorragias, contusiones, desgarrones, de todo, y conmoción cerebral, los dos. Créanme, un estado lamentable. Y, claro está, la edad lo empeoraba todo. Creo que ella estaba bastante peor que él. Se le había reventado el bazo, para acabar de completarlo. Y tenía las dos rótulas fracturadas. Pero llevaban puestos los cinturones de seguridad, y bien sabe Dios que eso fue lo que les salvó de una muerte instantánea.
            —Chicos, he aquí un aviso del Consejo Nacional de Seguridad Vial. Vuestro portavoz, el doctor Melvin R. McGinnis les dice—Terri rio—. Mel —dijo ella—, a veces te pasas. Pero te quiero, cariño.
            —Cariño, te quiero —declaró Mel.
            Adelantó el cuerpo por encima de la mesa. Terri fue a su encuentro. Se besaron.
             —Terri tiene razón —corroboró Mel, de nuevo en su silla—. Usen siempre los cinturones de seguridad. Pero hablando en serio, los viejos estaban muy mal. Cuando llegué abajo, el chico había muerto, como ya les he dicho. Estaba en un rincón, tendido en una camilla. Reconocí por encima a los viejos y le dije a la enfermera de urgencias que hiciera bajar inmediatamente a un neurólogo y a un traumatólogo y a un par de cirujanos.
            Bebió un trago de ginebra.
            —Trataré de no extenderme —continuó—. Los subimos al quirófano y los operamos putamente casi toda la noche. Qué increíble resistencia la de esos viejos. Raras veces se ve algo parecido. De modo que hicimos todo lo que estaba en nuestra mano, y al filo de la mañana les dábamos un cincuenta por ciento de probabilidades, quizá algo menos a ella. Y helos ahí por la mañana, vivos. Bien, pues los instalamos en Cuidados Intensivos, se pasaron dos semanas luchando por sobrevivir, mejorando poco a poco en todos los aspectos. Así que los trasladamos a una habitación.
            Mel hizo una pausa.
            —Hagámosles pues —prosiguió—acabemos esta maldita ginebra barata. Y nos vamos a cenar, ¿de acuerdo? Terry y yo conocemos un sitio nuevo. Cenaremos allí, en ese sitio. Pero no nos moveremos hasta que acabemos esta maldita ginebra.
            Terri aclaró:
            —En realidad aún no hemos comido allí nunca. Pero tiene buen aspecto. Por fuera, quiero decir.
            —Me gusta comer —comentó Mel—. Si volviera a empezar de nuevo, me haría chef, ¿saben? ¿Te parece bien, Terri?
            Rio. Hurgó en los cubitos de hielo con los dedos.
            —Terri lo sabe —explicó—. Terri puede contárselo. Pero dejen que les diga una cosa. Si pudiera volver a nacer, vivir una vida diferente, en un tiempo diferente y todo eso, ¿saben qué? Me gustaría ser un caballero andante. Uno tenía que sentirse muy seguro con aquellas armaduras. Tuvo que estar muy bien eso de ser caballero, hasta que inventaron la pólvora y los mosquetones y las pistolas.
            —A Mel le gustaría ir a caballo con lanza en mano —añadió Terri.
            —Y llevar siempre consigo un pañuelo de mujer —apostilló Laura.
            —O simplemente una mujer —redondeó Mel.
            —¿No te da vergüenza? —saltó Laura.
            Terri dijo:
            —Supón que volvieras a vivir y fueses un siervo. Los siervos no lo tenían tan fácil en aquellos tiempos.
            —Los siervos no lo han tenido nunca fácil —dijo Mel—. Pero imagino que hasta los caballeros eran vesallos[1] de alguien. ¿No era así como funcionaban las cosas? Pero incluso hoy todos somos siempre vesallos de alguien. ¿No es cierto? ¿Eh, Terri? Pero lo que me gusta de los caballeros, aparte de sus damas, es esa armadura que llevaban. No era nada fácil herirles. No había carros en aquel tiempo. No había jovencitos borrachos que te embistieran y te rompieran la jeta.
            —Vasallos —corrigió Terri.
            —¿Qué? —preguntó Mel.
            —Vasallos —repitió Terri—. Es vasallos, no vesallos.
            —Vasallos, vesallos —protestó Mel—. ¿Qué diferencia hay, mierda? Me has entendido, ¿no? Muy bien —reconoció—. No soy culto. He aprendido lo mío. Soy cirujano del corazón, perfecto, pero no soy más que un mecánico. Voy y me meto por allí y arreglo cosas. Mierda.
            —La modestia no te sienta bien —dijo Terri.
            —No es más que un humilde matasanos —intervine yo—. A veces, Mel, los caballeros se asfixiaban dentro de aquellas armaduras. Sufrían incluso ataques al corazón si las armaduras se calentaban en exceso, o si ellos estaban demasiado cansados y desfallecidos. He leído en alguna parte que a veces se caían del caballo y no podían levantarse, porque el cansancio les impedía mantenerse en pie con toda aquella armadura encima. Y a veces los pisoteaban sus propios caballos.
            —Terrible —exclamó Mel—. Es terrible, Nicky. Los imagino tendidos en el suelo, a la espera de que apareciera alguien y los convirtiera en pinchos de carne.
            Algún vesallo como ellos —dijo Terri.
            —Exacto —apoyó Mel—. Aparecería algún vasallo y atravesaría a los muy bastardos en nombre del amor. O en nombre de la jodida causa por la que lucharan en aquellos tiempos.
            —Las mismas por las que luchamos hoy en día —dijo Terri.
            Laura sentenció:
            —Nada ha cambiado.
            Las mejillas de Laura seguían subidas de color. Sus ojos brillaban. Se llevó el vaso a los labios.
            Mel se sirvió otra copa. Miró la etiqueta detenidamente, como si estudiara la larga hilera de números. Luego dejó la botella sobre la mesa, con lentitud, y alargó la mano despacio hacia el agua tónica.
            —¿Qué pasó con la pareja de ancianos? —quiso saber Laura—. No has acabado de contar la historia.
            Laura tenía dificultades para encender su cigarrillo. Los fósforos se le apagaban una y otra vez.
            La luz del sol, dentro de la cocina, era ahora diferente; cambiaba, se hacía más tenue. Pero las hojas del otro lado de la ventana seguían trémulas, y me puse a mirar las formas que dibujaban en los cristales y en el mesón. No eran formas iguales, claro está.
            —¿Qué pasó con los viejos? —pregunté.
            —Más viejos pero más sabios —comentó Terri.
            Mel la miró con fijeza.
            Terri prosiguió:
            —Sigue con la historia, cariño. Era una broma. ¿Qué pasó?
            —Terri, a veces… —empezó Mel.
            —Mel, por favor —le interrumpió Terri—. No seas tan serio siempre, cariño. ¿No soportas una broma?
            —¿Dónde está la broma? —inquirió Mel.
            Mantuvo el vaso en la mano y miró fijo a su mujer.
            —¿Qué pasó? —insistió Laura.
            Mel clavó la mirada en Laura. Dijo:
            —Laura, si no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de ti. Y te raptaría.
            —Cuéntanos la historia —le insistió  Terri—. Y luego nos vamos a ese restaurante nuevo, ¿de acuerdo?
            —De acuerdo —dijo Mel—. ¿Dónde estaba? —Se quedó mirando la mesa; luego siguió con la historia—: Iba a verlos a los dos todos los días, y hasta dos veces al día cuando tenía que quedarme a visitar a otros enfermos. Yesos y vendajes, de la cabeza a los pies, ambos. Ya saben, lo han visto en las películas. Ese era el aspecto que tenían, igual que en las películas. Solo unos agujeritos para los ojos y para la nariz y para la boca. Y ella, para colmo con las piernas en alto. Bien, pues el marido estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Seguía muy deprimido. Pero no por el accidente. Me refiero a que el accidente era una cosa, sí, pero no lo era todo. Yo me acercaba al agujero de su boca, y él me decía que no, que no era por el accidente exactamente, sino porque no podía verla por los agujeros de los ojos. Decía que era eso lo que le hacía sentirse así de mal. ¿Se imaginan? Pueden creerme, al hombre le rompía el corazón no poder voltear la maldita cabeza para ver a su maldita esposa.
            Mel nos miró a unos y a otros y, ante lo que estaba a punto de decir, meneó la cabeza.
            —Digo que lo que estaba matando a aquel pendejo era que no podía mirar a su jodida mujer.
            Los tres miramos a Mel.
            —¿Ven lo que digo? —preguntó.
            Puede que para entonces estuviéramos ya un poco borrachos. Sé que nos resultaba difícil mantener las cosas en su justo punto. La luz abandonaba ya la cocina, se retiraba a través de la ventana hacia el lugar de donde había venido. Y sin embargo nadie hizo el mínimo ademán de levantarse para encender la luz de encima de nuestras cabezas.
            —Escuchen —propuso Mel—. Acabemos esta puta ginebra. Todavía queda para una ronda más. Luego nos vamos a cenar. A ese sitio nuevo.
            —Está deprimido —observó Terri. Mel, ¿por qué no te tomas una pastilla?
            Mel sacudió la cabeza.
            —He tomado todo lo que hay.
            —A todos nos hace falta una pastilla de vez en cuando —dije.
            —Hay gente que las necesita desde que nace —comentó Terri.
            Ella frotaba con el dedo algo que había encima de la mesa. Luego dejó de hacerlo.
            —Creo que quiero llamar a mis hijos —dijo Mel—. ¿Les importa? Voy a llamar a mis hijos.
            Terri le avisó:
            —¿Y si Marjorie contesta al teléfono? Eh, chicos ¿les hemos hablado de Marjorie? Cariño, sabes muy bien que no quieres hablar con Marjorie. Te hará sentirte peor.
            —No quiero hablar con Marjorie —reconoció Mel— Pero quiero hablar con mis hijos.
            —No pasa un día sin que Mel diga que tiene ganas de que su exmujer vuelva a casarse. O que se muera —explicó Terri—. En primer lugar —afirmó—, nos está arruinando. Mel dice que si no se casa es solo para fastidiarle. Tiene un novio que vive con ella y con los niños. Así que Mel mantiene también al novio.
            Marjorie es alérgica a las abejas —contó Mel—. Cuando no rezo para que vuelva a casarse, rezo para que se le eche encima un maldito enjambre de abejas y la mate a aguijonazos.
            —Qué vergüenza —dijo Laura.
            —Bzzzzz —susurró Mel, convirtiendo sus dedos en abejas y haciéndolas zumbar en dirección a la garganta de Terri. Después dejó caer las manos a ambos lados.
            —Es perversa —dijo Mel—. A veces se me ocurre ir a su casa vestido de apicultor. Ya sabes: esa especie de yelmo con la plancha que te tapa la cara, los grandes guantes y el traje acolchado. Llamo a la puerta y suelto el enjambre dentro de la casa. Pero antes tendría que asegurarme de que no estuvieran los chicos, por supuesto.
            Cruzó las piernas. Le llevó su tiempo hacerlo. Luego puso ambos pies en el suelo y se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa y la barbilla en el hueco de las manos.
            —Puede que no llame a mis hijos. Puede que no fuera tan buena idea. Puede que lo que hagamos sea irnos a cenar. ¿Qué les parece?
            —A mí me parece bien —asentí—. Comer o no comer. O seguir bebiendo. Yo podría seguir hasta que anochezca.
            —¿Qué quieres decir, cariño? Preguntó Laura.
            —Exactamente lo que he dicho —respondí—. Que podría seguir. Eso es todo lo que he dicho.
            —Pues yo comería algo —confesó Laura—. Creo que no he tenido tanta hambre en mi vida. ¿Hay algo para picar?
            —Sacaré queso y galletas —dijo Terri.
            Pero Terri siguió sentada. No se levantó ni trajo nada.
            Mel volcó su vaso. Lo derramó sobre la mesa.
            —Se acabó la ginebra —anunció.
            —¿Y ahora qué? —dijo Terri.
            Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos ninguno lo mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.


[1]  Mel dice vessels (vasijas, navíos) en lugar de vassals (vasallos). La confusión es en inglés quizá venial merced a la gran similitud fonética entre ambos vocablos. En castellano, sin embargo, al no existir una palabra susceptible de confundirse verosímil y equiparablemente con “vasallo”, se ha juzgado inevitable recurrir a una deformación —forzada— de la palabra misma. (N. del T.)